Muy buenas tardes/noches tengan, mis queridas almas en pena que moran este infierno.
En este espacio de hoy, no vengo a tratar sobre trolls o wankers baratos, aunque sean mi afición principal. Hoy por hoy he decidido apartarme de mi senda habitual para escribir una reflexión sobre lo que se supone un pilar de fe en la vida humana: la Iglesia católica.
Antes que nada, quisiera advertiros cinco cositas:
1- Independientemente de este website y mi identidad online, yo soy católica moderada, aunque no asisto a Iglesias, ni suelo rezar, salvo en casos que realmente lo amerite o cuando me siento muy turbada o tenga que agradecerle algo a mi buen chivúo (AKA Dios).
2- Creo en Dios, pese a todas las cosas; que proteste contra la Iglesia no significa que no crea en él.
3- No, nunca he tenido ninguna clase de problemas con sacerdotes o monjas, gracias al cielo. Supongo que mantener la distancia me ha mantenido muy segura, o simplemente mi buen chivúo me ha protegido, y por eso le agradezco burda.
4- No tengo por objetivo armar la tercera guerra mundial en este blog —ni en ningún otro sitio— con este ensayo. Simplemente estoy expresando algo que es mi opinión, y punto. Los predicadores, los hipócritas y cristianos hardcore, guárdense sus sermones. No gasten energía tecleándome pendejadas, porque no me toma ni 3 segundos en editar esas tonterías y enviarlas por el caño. Así de simple.
5- Una nota especial para mi buen chivúo: no había protestado antes por respeto a ti, pero creo que no te enojarás conmigo si lo hago.
Bueno, dadas las advertencias correspondientes —y cuya justificación la encontrarán en el cuerpo de esta reflexión—, procedamos con este ensayo.









































